domingo, 20 de marzo de 2016

Si una noche de invierno un viajero...

No tenía ninguna expectativa cuando comencé a leer este libro. Por lo general, no me gusta que me obliguen a leer ciertos libros, de hecho me hace comenzarlos con una especie de "rechazo"; ya me ocurría cuando era pequeña, cuando mis profesores y profesoras nos obligaban a leer ciertos libros del programa en vez de dejarnos elegir. Siempre he sido una ávida lectora y no entendía el por qué los libros que yo leía no servían para trabajar con ellos.

Pero respecto a la lectura que nos ocupa, como os he dicho, no tenía expectativas, ni emociones (ni positivas, ni negativas) hacia ella. Sin embargo, cuando comencé a leer, un conocido sentimiento me embargó; comencé a sentirme identificada con el protagonista. Alguien que como yo cuando va a una librería, se mueve entre las estanterías buscando su próxima aventura. Una media sonrisa apareció en mis labios y tal y como nos sugiere el autor, tomé la mejor postura posible en mi sofá y seguí leyendo.

Al finalizar el primer capítulo, solo tenía ganas de seguir leyendo y averiguar qué iba a ocurrir, demasiados personajes, demasiadas vidas y relaciones por descubrir... ¡el misterio de la maleta! Así que pasé la página y ¡oh, sorpresa!, vuelve el narrador del prólogo, aquel ente que me había caído bien, el que había conseguido sacarme una sonrisa, a fastidiarme la lectura. Yo solo quería saber qué iba a ocurrirle al protagonista y a la maleta. Así que seguí leyendo con avidez para saber qué ocurría. ¡Qué capítulo más raro! Una historia, dentro de una historia, dentro de otra historia. Aquello me daba mala espina, así que me lancé a por el capítulo 3...
¿Qué era esto? Otra historia, otra nueva que nada tenía que ver con lo leído anteriormente y encima con nombres difíciles de pronunciar que enlentecían la lectura. Seguí leyendo y volvió a aparecer el narrador del prólogo. A estas alturas, ya empezaba a caerme mal...

De repente Sheldon Cooper (personaje de The Big Bang Theory) vino a mi cabeza. En concreto ese episodio en el que Amy intenta tratar su TOC y no le permite tern¡minar nada de lo que empieza. ¿Qué hubiera hecho Sheldon con este libro?

La novela prosiguió, y seguí leyendo, cada vez con menos ganas, y aunque no esté bien, saltándome párrafos. Para mí la novela sólo tenía sentido cuando aparecía el narrador y hablaba conmigo, me contaba qué le estaba ocurriendo al lector de tantos y tantos comienzos de novelas, historias inconclusas todas ellas. Si yo hubiera sido el lector de la novela, probablemente me hubiera dado por vencida, hubiera vuelto a la librería, le hubiera azotado el libro al vendedor (aunque no tuviera culpa ninguna) y me hubiera comprado otro libro; seguramente, hubiera comprobado antes que todas las páginas contaban una misma historia antes de comprarlo.

Le di muchas vueltas al libro, releí trozos porque perdía el hilo de lo que me contaba, miré el número de hojas (todos lo hacemos cuando algo se nos está haciendo largo) y mirando esto, descubrí algo: Todos los capítulos, sus títulos, estaban interconectados, formaban una frase. Algo que me sorprendió; supongo que aunque a veces, a simple vista, parece que algo no tiene sentido, en realidad sí lo tiene.

Finalmente, el libro se acabó, me quedé con una sensación rara. Como si no me hubieran contado nada. Como si nada hubiera tenido sentido. 

Supongo que es algo a tener en cuenta. Que cada narrativa, cada historia, necesitamos que tenga un principio y un final. No nos gustan las cosas inconclusas.

Para terminar, me gustaría dejaros una pregunta. La cuestión que generó esta historia...

Si una noche de invierno un viajero, fuera del poblado de Malbork, asomándose desde la abrupta costa sin temer el viento y el vértigo, mira hacia abajo donde la sombra de adensa en una red de líneas que se entrelazan, en una red de líneas que se intersecan, sobre la alfombra de hojas iluminadas por la luna en torno a una fosa vacía, ¿cuál historia espera su fin allá abajo?

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